👨‍👩‍👧‍👦🔟 Espera necesita que te vea un adulto antes de leer esto

Si eres un adulto adelante, no necesitas de otro adulto… Pero si eres un niño menor de 10, si que lo necesitas para ver esto.

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En lo alto de esa cumbre resplandecía el sol, en las llanuras montaba su calor. Los robots resonantes, que tienen su poderío en los cielos, salían joviales a recibir a ese pulso caluroso. En los siglos de la ausencia del hombre, las comunidades robot, con miedo, han crecido a expensas de sus dictadores. Las nubes coloradas de un tono rosado, recibían al sol tapándolo, en las montañas lejanas a la vista. Y en los acantilados de Remilder, lugar donde los robots señores viven, un lugar sombrío y desolado, han mostrado su negación durante mucho tiempo la presencia de la luz del sol.
Y una pequeña capsula, con una inscripción en ella, FL043 dice su etiqueta; reposando a la orilla de la cumbre por donde resbala una cascada alta, recibiendo esos rayos que tanto le hacen falta.
Al paso de uno de esos robots alados se despertó, sin saber qué pasaba, sus pequeños ojos él rascó, no recordaba nada en sí, ni su nombre. Parecía que le dolía la cabeza, por intentar recordar que hacía en ese lugar. Se quedó sentado, mirando por todas partes, adivinando y divisando donde se encontraba. Pronto se levantó, se puso de pie, miró al fondo del acantilado, la cascada golpeando, y al paso a otro robot alado, se asustó dando un sobresalto. Cayendo por la alta cumbre, a una cama de arbustos. Pegando giros porque se había espinado, cayó al agua a la caída de la cascada. Y así fue arrastrado rio abajo.
Siendo arrastrado por los rápidos, gritando y tiritando, pronto llego a una zona superficial, en la que pudo levantarse y salir del agua. Se encontraba en un profundo bosque, cubierto por el hielo de la zona. Poco a poco con los rayos del sol se iba derritiendo.
Se sacudió. Se sentó en la orilla. ‘¿Qué es este lugar?’ se decía, una y otra vez, sin recibir alguna respuesta. De los arbustos se empezó a escuchar cómo se sacudían. Se levantó, y decidió ir a investigar. Los arbustos seguían sacudiéndose. Al asomarse otra criatura pequeña y flotante se asomó también. Al cruzarse las miradas ambos gritaron, provocando que el robot flotante cayera al suelo, y nuestro amigo saliera corriendo, cruzando el río e internándose en el bosque, dejando detrás un rastro de polvo, además de una criatura contrariada por lo acababa de ver.
Corriendo, tiritando. Allá iba nuestro robot, hasta que, volteando hacia atrás, chocó contra un árbol enorme que le tiro e hizo que desmayará por la contusión.
— Ya abrió los ojos. — una voz decía. Y al fondo exclamaban joviales la noticia.
Ante sus ojos se presentó una criatura de piel helada, y de forma humanoide. Acostado sobre un pastizal humedecido, cubierto de rocío, por el hielo que se derrite. Tapado con una vieja manta, tal vez de algún ser humano que vivió antes por esa zona. Viendo un cielo escarchado, aparte del robot que le atendió en el momento.
Los robots a su alrededor estaban aliviados y confusos, por un lado, lo estaban porque despertó pasado un largo viaje y después de una contusión severa fue trasladado ahí, y por otro nunca habían visto un robot igual, por lo general veían a su alrededor robots flotantes o volátiles, arrastrándose o caminando, de todos tamaños y estructuras humanoides o animales, pero jamás a alguien como él.
Un robot sin cuerpo, una cabeza cuadrada, pies y alas pegadas a él, y un sombrero que también era extraño. Fascinó su presencia a la mayoría, a otros los puso en alerta. Se comenzaban a preguntar si era terrestre o era de un recóndito planeta. No se lo preguntaron en ese momento, era algo inoportuno. Tampoco quién era, y qué hacía en ese lugar. Habría momento para hacer esas interrogantes, mientras tanto tenían que esconderlo para el chequeo anual de los señores.
Así que lo cargaron entre cinco de ellos, era pequeño pero muy pesado. Lo metieron rápido en una antigua ciudad en ruinas, lo subieron a uno de los edificios. Lo dejaron con un guarda a su cargo. Nadie debía verlo. Si los señores lo veían, lo llevarían preso por estar en una zona que no es donde debe estar. Y nadie vuelve a ver a los robots que caen en sus manos. Solo se sabe que se los llevan a su corte y de ahí nada más. Nadie ha escapado de ellos con vida. Son los robots más poderosos y en doscientos años nadie se le ha confrontado.
Los robots helados arreglaron rápido todo lo que pudieron, y reclutaron a todos a formarse, excepto al guardia de nuestro robot. El patriarca de la zona, listo para recibir al ejército helado de los señores, y a los tres mismos. Preparaba todo para que nada saliera mal. Con la insignia del hielo estampado en una banda que le rodeaba su pecho, como una banda presidencial; pasaba el patriarca cerciorándose que nada estuviera fuera de su lugar, él no sabía de la presencia de nuestro robot en su zona.
Y el festejo comenzó, los robots formados, saludando al ejército helado, que se abría paso por las hileras vacías, protegiendo a los señores. El ejército helado, es uno de los doce ejércitos, conformado por una especie robot humanoide, que carga siempre báculos de congelación, sin duda más poderoso que los residentes de esa zona. Inatues y Patineitores siempre han tenido esa distinción, los primeros son más combatientes y les encanta la vida militar, mientras que los siguientes solo se dedican a patinar por horas sobre el hielo de los lagos de su zona. Es por eso que los Inatues fueron seleccionados para el ejército del hielo.
Los señores son robots, que muchos desconocen que hacen en el mundo, los antepasados de las veinticuatro zonas dicen que ya existían cuando ellos comenzaban a formar sus colonias. Pero no tomaron importancia de estos hasta que aniquilaron su peor amenaza. Después de eso entraron a las veinticuatro ciudades y aislaron las poblaciones, a respectivas zonas alrededor de los acantilados de Remilder, donde podían vigilar y cuidar sus pueblos, su crecimiento, y también su forma de vivir. Y al paso del tiempo, su vida en una paz controlada. Varios intentos de rebelión se armaron, pero ninguno logró fraguar, todos culminaban en paro de apoyo y es más hasta matanzas y masacres entre zonas. Nunca en esas rebeliones se han metido los tres señores.
La ceremonia comenzó. El ejército helado comenzó a inspeccionar la zona, de pies a cabeza, entrando en cada madriguera, entrando a cada edificio de la ciudad antigua, revisando esquina por esquina, rincón por rincón, rastros de algo fuera de lugar. Y uno de ellos lo encontró.
El guardia y el cadete comenzaron a reñir. Nuestro robot se sintió atemorizado por lo que pasaba afuera. Se levantó, pero no sabía cómo salir. Comenzó a caminar acercándose a la puerta. Piso algo mal que lo tiro un piso abajo, tirando pedazos de tirol, cables y losa alrededor de la habitación inferior. Cuando por fin el cadete entro, el robot ya no estaba. Tal fue su confusión que lo que hizo fue matar al Patineitor guardián, dejándolo apoyado a un barandal.
Nuestro robot tenía que salir, se sacudió los escombros y corrió a la salida del edificio con demasiada cautela. Pronto se halló en la carretera, corriendo, escapando de los Inatues que le perseguían, llevándole hasta la ceremonia.
Un espectáculo, varios Patineitores danzando en una pista de hielo. Para entretener a los 3 señores. Hasta que entro él y resbalándose por la pista chocó contra el templete donde se encontraban los tres robots señores, destrozándolo por completo.
— ¿Qué cosa es eso? — alterado el patriarca, se levantó de su silla. Los asistentes solo veían el acontecimiento, algo consternados, pues el patriarca es de una actitud muy agresiva, todos levantaron la vista al cielo, indicando no saber nada de él.
— Señor Sping, encontré a un Patineitor montando guardia en un antiguo edificio, — de pronto el cadete Inatu vio el desastre, y al pequeño robot, — parece ser que estaba cuidando, ocultando algo ante su real presencia, pero ignoro que sea.
— Supongo, soldado, que eso que cuidaba está ahí en el desastre, — contestó uno de los tres robots señores, — pero dime ¿Qué hicisteis con el robot que custodiaba la entrada?
— Le aniquile, señor Soleiro.
— Perfecto.
De pronto los asistentes se consternaron y alteraron mucho más. El patriarca por primera vez sintió miedo, después de varias décadas. No sabía nada de ese acontecimiento.
— Levántate robot — intervino Dementor, otro de los señores.
Entre el polvo y los escombros, salió. Ahí estaba todo tímido y asustado.
— ¿Quién eres tu robot? Jamás habíamos visto criaturas de tu estirpe — pregunto el señor Soleiro, — ¿De dónde eres, pequeño robot?
— Me llamo Floyon, es de lo único que me recuerdo.
— Floyon, acaso ¿Sabes lo que acabas de causar?
— Realmente esta ceremonia para mi es rara, jamás he visto que celebren asi. Perseguirme no creo que sea apropiado para… — se quedó mirando al ejercito helado, — lo que sean esas cosas.
Indignados, los Inatues, se prepararon para atacar. Pero fueron frenados por el señor Sping.
— Señores, es obvio que si Floyon, no recuerda nada — volteó a mirarle — no sepa cómo actuar en una ceremonia de revisión anual.
— Con que para eso los tienen a todos aquí brindándoles espectáculo, es una función de talentos. Pero no creo que sea justo no todos los espectáculos que presentaron son idénticos. En especial por corretearme por todo este pueblo blanco — haciendo cara de asco a la nieve — ¿qué se supone que es este lugar?
— Esta es la zona de hielo — intervino el patriarca.
—¿Hielo?
— Parece ser que todo esto es nuevo para ti — dijo el señor Soleiro.
— Si parece ser.
— Entonces creo que sería bueno que nos acompañes para que sepas más de este mundo — dijo el señor Dementor.
— No, asi estoy bien.
— Te lo estamos ordenando.
— Ahora que lo pones asi… No.
Los asistentes, tanto los señores como el patriarca, los Patineitores y los Inatues, admiraron la altanería de Floyon. Él se negó rotundamente a irse con ellos. Con el ceño fruncido los robots señores apuntaron con sus manos varias bolas de energía. Los Patineitores y los Inatues corrieron despavoridos. Pues no querían que esas bolas de energía cayeran sobre ellos. El centro de la batalla, Floyon, de una manera increíble esquivó cada una de las bolas de energía de los señores, hubo algunas que lanzó de regreso esperando darle a alguno de sus atacantes, pero al igual ellos esquivaban el contraataque.
De pronto Floyon se levantó del suelo y comenzó a flotar, los señores no sabían que pasaba. Para intentar defenderse, junto sus alerones y decidió dar una vuelta para lanzar una ráfaga que pudiera detenerlos. Funcionó, la ráfaga hizo que se detuvieran, inclusive que cayeran al piso; pero eso no fue todo, porque Floyon se fue dando volteretas en el aire, internándose de nuevo en el bosque, hasta chocar contra un árbol, que detuvo por completo su movimiento. Fue tan doloroso caer y que le golpearan las ramas, supo que había terminado cuando cayó en un arbusto. Al levantarse y limpiarse las ramas noto que algo lo estaba observando.
No se quedó a averiguarlo, caminó rápidamente lejos de ese lugar y con cuidado. Lo perseguían, era inevitable.
Sentía las ramas golpeándole al pasar, escuchaba atentamente como las hojas crujían bajo sus pies. Sabía que lo perseguían, se escuchaba el zumbido de algo acercándose y no cautelosamente decidió voltear. No veía nada del cielo, ni nada por detrás de él. Era paranoia, quizás era su propio temor, que le siguieran los tres robots para apresarlo y el no sabría qué hacer, logró escapar por pura suerte. De un tropezón cayó al piso, era inevitable, era su fin, aquello que le perseguía pronto le alcanzaría y apresaría.
Cerró los ojos esperando un milagro.
Y así fue.
No eran ellos, era el pequeño robot que encontró al caer por la cascada de aquel acantilado. Aliviado, se quedó a esperarlo. A la hora de acercarse el pequeño le comentó.
— Vaya, tu sí que corres rápido. Lástima, soy muy pequeño para poder alcanzar semejantes velocidades, no soy como los tres señores, te hubieran alcanzado enseguida. Pero, ¿Qué podría hacer un Crop — decía el pequeño robot un tanto angustiado, el pequeño Crop era un desterrado de su pueblo — con un robot grande como tú?
— No eres pequeño, el mundo es enorme, y si fuiste capaz de sobrevivirlo solo, me imagino que juntos podríamos hacer mucho más. Ahora dime, ¿de dónde eres?
— Soy del pueblo de la transformación. Sin embargo, quienes tienen la habilidad de transformarse son los hermanos Isocropex. Como puedes ver solo puedo hacer chillidos.
— ¿Chillidos?
— Si, mira.
Abre la boca, y lanza su chillido que solo logra levantar un poco de polvo. A los dos segundos la cierra y se pone todo avergonzado, Floyon solo observa cómo se queda.
— Aun no tengo el nivel suficiente para derribar un árbol. Los más avanzados pueden hacer con total facilidad este poder, no tuve el entrenamiento suficiente.
— No te preocupes, te ayudaré a entrenar, creo que también puedo hacerlo.
— ¿En serio? — Crop pregunta todo emocionado.
— Si, ven conmigo. Ahora me puedes ayudar a regresar al pueblo del hielo.
— No sé cómo llegar a ninguno, he pasado por muchos pueblos, tanto por los normales como los militarizados, pero llegar a ellos no.
— Bueno entonces sigamos por allá. Llegaremos a algún pueblo y ellos me dirán como llegar.
Señalando hacia adelante, en la dirección que iba se siguieron. El bosque estaba lleno de insectos, hojas secas, pastizales, arbustos, ramas y demás cosas que había de atravesarse en el camino. Pero siguieron a paso vivaz, bueno al menos nuestro robot.
Tras varios días en su andar, sin pista alguna de un pueblo cercano, se encontraron en un antiguo molino de río, dicho río ya se encontraba seco. Muchos de los arboles alrededor se encontraban secos, el molido se encontraba en ruinas, algunas duelas quemadas y algunos otros polines también corroídos por el fuego. A Floyon se le hacía familiar el lugar, tanto que decidió que pasarían la noche en el lugar.
Al principio recordaba el lugar, pero había algo diferente. El río corría estrecho, dando la energía suficiente para que el molino corriera. Los árboles frondosos danzaban con el viento, tras las guerras y los ataques varios, los animales habían muerto, pero estaba seguro de haber visto algún conejo saltando por ahí, y también a un venado escondido tras las ramas viejas.
Nuestro robot estaba solo descansando cuando a su memoria le llegaba el sentimiento de ya haber estado aquí, de ver el conejo y al alce, y defendernos de un ataque, explicando asi las partes quemadas del molino. De un sobresalto despertó y solo se levantó y salió a ver el paisaje oscuro. La brisa golpeaba las ramas, que hacían sonar cada vez que chocaban una con la otra. Suspiraba las corrientes ventosas llevándole a ver las partes quemadas del molino, levitando se acercó a ellas y observó las direcciones de donde disparó. Aterrizó en el lugar donde había calculado y paso seguido intento lanzar bolas de fuego, que en un principio solo lograba lanzar burbujas en el aire.
Y asi pasó la noche. Se hizo de día.
Crop salió del molino, y ahí lo dilucido. Intentando hacer algo que él no comprendía. Verlo batir sus alas, como si quisiera volar, sin hacerlo en sí. Se preocupó un minuto por ver que su compañero estaba loco; hasta que la vio, una bola de fuego salir y dirigirse hacia por donde él estaba. Logró salir del camino de la bola, terminando estampándose sobre la roda. Se afirmó y se sacudió la tierra de esa vieja roda para después gritarle a Floyon.
— ¿Acaso estás loco? Pudiste matarme así.
— Perdona. — contesto un poco angustiado. — Pero ya sé por qué estaba en este lugar, aquí defendí a alguien de algo, usando las bolas de fuego, por eso está algo calcinado el lugar.
Crop se aclara y se relaja, y después vuelve a preguntar.
— ¿A quiénes defendías? Y ¿de qué?
— No lo sé. Solo recuerdo el lugar, pero no a quienes defendí y de que los defendí.
— Entonces ¿No recuerdas nada?
— No, solo recuerdo mi nombre que es Floyon. Pero espero que pronto recupere mi memoria.
— Esperemos que sí, ahora espera voy a ir adentro para que no me vuelvas a atacar.
Floyon comenzó a lanzar sus bolas de fuego a un punto fijo en el piso, al principio fallaba, poco a poco fue encontrando mejor tino y asi dar a su blanco una y otra vez, hasta que oscureció y en ese momento se quedó a contemplar las estrellas.
Y empezó a observarlas hasta quedarse dormido. En sus sueños estaba en ese mismo lugar, el rio fluyendo, el molino funcionando, los árboles verdes, y en el suelo escuchando una voz diciendo ‘dispara al árbol’ e intentando hacerlo no salía. Los hombres que le estaban entrenando estaban borrosos, no podía reconocerlos aún.

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